01/09/2012

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El racismo científico En el preciso contexto del racismo científico de finales del siglo XIX o de principios del XX el atraso tecnológico del “otro” resultaba fácilmente explicable: aquellos pobres miserables de piel oscura y cabello rizado estaban biológicamente determinados a persistir en la barbarie y la ofuscación o, como mucho, a mejorar un poco bajo la tutela colonial, eso sí, hasta los límites naturales que los condicionaban como seres “inferiores”. Esta actitud, materializada o no en disposiciones legales segregacionistas, ha persistido hasta hace bien poco de iure en algunos países y perdura de facto en el inconsciente de los occidentales. En cualquier caso, todas aquellas teorías pseudocientíficas basadas en la frenología o en la politización de la genética han caído por su propio peso desde el punto de vista académico (la teoría de los atavismos de Lambroso, las escalas craneométricas de Alfred Bidet, los delirios sobre las supuestas características “morales” que separaban a los dolicocéfalos de los braquicéfalos, etc.) y, afortunadamente, ha acabado difuminándose como consigna política, con la patética excepción de algún grupo de iluminados. ¿Hemos de llegar a la conclusión de que el racismo es una enfermedad social inextirpable que nos atormentará siempre?, se preguntaba en una obra reciente el famoso genetista Luca Cavalli-Sforza. El problema de estos grupúsculos gritones e incansables es que, por norma general, no han sido contestados ni rebatidos por especialistas competentes, por científicos o eruditos, como el mismo Cavalli-Sforza, sino por otros grupúsculos, tan gritones e incansables como los primeros. Así hemos pasado en menos de un siglo de la “falacia naturalista” a la “falacia antinaturalista”, tan primaria y falta e fundamentos como la primero, pero supuestamente menos peligrosa. Desde 1859 hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, desde Spencer hasta los frenólogos nazis, pasando por la burda cosificación de la inteligencia de Cyril Buró o del mismo Spearma (autores de auténticos fraudes científicos que con el tiempo se ha convertido en dogma de fe, como la capacidad medidora de ciertos tests factoriales), el darwinismo y más concretamente la psicología evolucionista han sido objeto de un constante abuso ideológico. En estos dos contextos, el colonialismo inglés y francés, y, más adelante, la violenta aparición de los fascismos europeos, la tentación de sustituir los pájaros o las tortugas descritas por Darwin por blancos y negros o por arios y semitas, resultaba casi inevitable; la pura ideología o los simples intereses económicos de determinadas metrópolis quedaban así solidamente legitimadas por una pátina de inmaculada y aséptica cientificidad. Con la selección natural se podía explicar, con una rara simultaneidad, la altura del cuello de las jirafas, el atraso tecnológico del África negra, el alcoholismo de los proletarios que pasaban doce horas en la fábrica por unos salarios de miseria o las disposiciones legales que prohibían el voto femenino; en lo que respecta a esta última cuestión, por ejemplo, el inefable Gustave Le Bon escribió el año 1879 que “entre las razas más inteligentes, como es el caso de los parisinos, hay un gran número de mujeres que...
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La sociología de la emoción y la emoción en la sociología Hace diez años que Eduardo Bericat publicaba en la Revista Papers (núm. 62, pp.145-176) el artículo “La sociología de la emoción y la emoción en la sociología”. En nuestra opinión, este artículo sigue siendo, diez años después, un artículo de referencia dentro del marco de la sociología de las emociones en España. Bericat centró su artículo en la presentación y discusión de la obra de tres autores fundamentales en la sociología de las emociones: Theodore Kemper, Arlie Hochschild y Thomas Scheff. Para Bericat estos tres autores han contribuido de forma esencial a la creación y consolidación del ámbito de la sociología de las emociones en nuestra disciplina. Bericat argumenta que desde el establecimiento académico de la sociología entre los siglos XIX y XX esta ha sido excesivamente dominada por una concepción de los seres humanos como seres racionales, despreciando así su condición también de seres “sintientes”, es decir, de seres que sienten. Bericat ejemplifica esta reducción con la aproximación a la sociología elaborada por Max Weber, sobre todo a raíz de su tipología de la acción, que se centra básicamente en la acción racional y concibe la acción afectiva como separada de la racional (al nivel de tipos ideales). Bericat argumenta que, no obstante, los análisis sociológicos realizados por este autor clásico, por ejemplo en La ética protestante y el espíritu del capitalismo, se basan fuertemente en una sociología de las emociones que no fue explicitada y elaborada como tal. Estas lagunas son fuertemente problemáticas, no sólo para la sociología de las emociones, sino para la sociología en general. La definición de la sociología de las emociones que presenta Bericat en este artículo es una definición que hacemos nuestra y que presenta este ámbito de nuestra disciplina en las siguientes líneas: la sociología de las emociones tiene como finalidad el estudio de las emociones haciendo uso del aparato conceptual y teórico de la sociología. Se trata de una sociología aplicada a la amplísima variedad de afectos, emociones, sentimientos o pasiones presentes en la realidad social. (P.150) El argumento principal para estudiar las emociones desde una perspectiva sociológica que presenta Bericat es que no es posible entender las emociones, su vivencia, expresión y comunicación sin tener en cuenta el contexto social (y de socialización) en el que estas se expresan. Aunque este argumento no discute que las emociones no tengan un componente biológico, pone de manifiesto la necesidad de estudiar las emociones más allá de la biología. Al mismo tiempo, Bericat señala como, más allá del ámbito propio de la sociología de las emociones (en la que las relaciones entre la dimensión social y la dimensión emocional de los seres humanos son analizadas), cualquier estudio sociológico debe tener en cuenta el papel de las emociones que, a buen seguro, jugarán un papel importante en las formas de relación social a analizar. Y en tercer lugar, es esencial para nuestra disciplina que a nivel metateórico, a nivel de la sociología en general, se incorporen las emociones en pleno núcleo de la disciplina...

David Huerta

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