Un dogma es, según el Diccionario de la Real Academia Española, una proposición que se asienta por firme y cierta y como principio innegable de una ciencia.
Sin embargo, en un sentido más común, es interpretado como una doctrina sostenida por una religión u otra organización de autoridad – como pudiera ser una filosofía o una ideología – y que no admite réplica; es decir, es una creencia individual o colectiva no sujeta a prueba de veracidad, cuyo contenido puede ser religioso, filosófico, social, sexual, etc., impulsado por una utilidad práctica. La enseñanza de un dogma o de doctrinas, principios o creencias de carácter dogmático se conoce como adoctrinamiento.
Excluyo exprofeso la corriente filosófica del dogmatismo pues daría para escribir media docena de docenas de libros.
Disquisiciones filosóficas, religiosas, ideológicas o metafísicas aparte, el dogmatismo es en sí (mirado desde un punto psicológico) puede resultar ser una cosa nada buena para el individuo. Aunque esto no quita que lo que es cierto siga siéndolo.
Se puede definir a la persona dogmática como aquella que intenta convertir lo subjetivo – y con subjetivo me refiero a opiniones, hábitos de conducta, formas de comunicarse, las diferentes formas de sexualidad, y tantas otras cosas – en objetivo.
Dicho así no suena mal incluso usted, que lee estas líneas, pudiera sentirse identificado. Pero la persona que es dogmática, piensa que las cosas deberían de ser – en lugar de como son – como a él le gustaría que fuesen. No admiten réplica, crítica, negación, o duda razonable respecto de sus planteamientos por erróneos que estos pudieran ser. Es por ello que en un intento de refugiarse del mundo cruel dogmatizan (elevan a la categoría de Verdad Absoluta) las opiniones de alguien al que consideran una autoridad, por loco que ese alguien pudiera estar, o por aberrantes que fueran sus ideas.
Dado este factor, presentan una intolerancia severa a la incertidumbre. Cosa esta que les lleva a seguir una serie de protocolos de actuación (como apalear negros o perseguir homosexuales), conformados en base a esas “verdades” consideradas “universales” e irrefutables.
De estas verdades, que son dogmas, hay que decir que no han sido probadas, demostradas o refutadas, prefiriendo el dogmático rocambolescas teorías que en modo alguno se pueden constatar con datos objetivos (aunque sí con datos subjetivos manipulados a su interés, claro) de forma y manera que el dogmático nunca tendrá que reconocer equivocación alguna.
Robert Jay Lifton, psiquiatra y miembro del Medical School , afirma – a raíz de sus estudios sobre los procesos de gran violencia desatados en el siglo XX, tales como el Holocausto o los bombardeos de Hirosima y Nagasaki – de este tipo de personas inflexibles que “el yo del individuo acaba sumergido en la ideología”.
El señor Lifton, ha podido comprobar en sus investigaciones que las personas dogmáticas tienden a ser personas con una baja autoestima y una más que escasa tolerancia a la frustración. Esto les lleva a intentar espantar a los fantasmas de sus sueños incumplidos en una frenética huída hacia adelante, dejando que una doctrina empape todo pensamiento y acto en el futurible de su vida. Es decir, sus amistades, planteamientos, relaciones, música a escuchar, libros a leer, o incluso su forma de vestir acabarán siendo dictados por tal doctrina.
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